Capítulo 1 – El día que ir a la escuela fue noticia https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com Soledad Acuña Wed, 24 Aug 2022 15:45:11 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.0.2 https://secureservercdn.net/50.62.89.104/v3q.234.myftpupload.com/wp-content/uploads/2022/09/cropped-libro-abierto-32x32.png Capítulo 1 – El día que ir a la escuela fue noticia https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com 32 32 Si cerramos ahora, no volvemos hasta septiembre https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/si-cerramos-ahora-no-volvemos-hasta-septiembre/ Tue, 03 May 2022 12:08:00 +0000 https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/?p=9871 Empecé este capítulo recordando el momento en que me fui de licencia por maternidad, aquel viernes 20 de marzo, después del decreto presidencial de aislamiento obligatorio para todo el país. Para comprender cómo llegamos a esa situación y cómo, desde el Gobierno nacional, se tomaron algunas decisiones cuyas consecuencias todavía estamos sufriendo, quiero detenerme en lo que pasó durante la semana anterior. Retroceder unos días en el tiempo, cuando el ministro de Educación de la Nación convocó al Consejo Federal de Educación para el viernes 13 de marzo de 2020.

El Consejo Federal se creó como un «organismo de concertación, acuerdo y coordinación de la política educativa nacional para asegurar la unidad y articulación del Sistema Educativo Nacional». La competencia sobre la educación no es de la Nación sino de las provincias, entonces se supone que el Consejo es el lugar para lograr los acuerdos federales básicos que permitan garantizar que, independientemente de la provincia de donde nazcan, todos los argentinos reciban los mismos niveles educativos. La clave del Consejo es el federalismo. Lo preside el ministro de Educación nacional y lo integramos los ministros de educación de cada jurisdicción, más tres representantes del Consejo de Universidades.

La cita para ese viernes 13 era en el salón blanco del Palacio Pizzurno y éramos más, muchos más. Doscientas personas amontonadas, sin barbijos y sin ventilación. Estaban los ministros nacionales de Salud, Desarrollo Social y Educación, los ministros de Educación provinciales, los representantes de las universidades y también estaban los distintos sindicatos docentes. Cuando llegué, me acerqué a las colegas de las provincias del sur y, antes de que comenzara la reunión, empezamos a charlar de la situación en nuestros distritos. Nos preocupaba que la falta de previsión desembocara en medidas parciales como había pasado en Río Negro, donde algunas escuelas secundarias habían cerrado por su cuenta, muchas veces presionadas por la preocupación de padres o docentes.

Ante la falta de información, son los rumores y el temor los que van ganando espacio y frente a eso es responsabilidad del Estado, en todos sus niveles, aportar claridad y tomar decisiones basadas en evidencias. No podemos guiarnos por rumores del tipo: «Che, hay que cerrar las escuelas. Fulanito vino de viaje y va a contagiar a todos». Eso no podía estar pasando.

Empezó la reunión y estas fueron las palabras del ministro de Salud: «Como hace más de 24 grados, no es problema». Dijo después que el virus no estaba circulando, que los chicos no eran un problema, que solo podrían serlo en caso de trasmitir el virus, que en caso de contagiarse en las escuelas iban a contagiar a sus abuelos, pero que como el virus no estaba circulando, no se iba a tomar ninguna medida. Nos fuimos de esa reunión con una conclusión surgida de lo aconsejado por «los expertos» al Gobierno nacional: no es el momento, no nos anticipemos a cerrar antes de tiempo porque todavía no ha venido el frío.

Antes de retirarnos, algunos de los presentes fuimos convocados para acompañar en una conferencia de prensa en la que habló el ministro: «En base a las recomendaciones realizadas por el equipo de expertos que integra el Comité Interministerial, se resolvió no suspender la escolaridad».

Esa noche teníamos otra reunión. Estaban Horacio y Diego Santilli, el ministro de Salud Fernán Quirós, el secretario de Transporte y Obras Públicas Juan José Méndez, el ministro de Justicia y Seguridad Marcelo D’Alessandro y el jefe de Gabinete Felipe Miguel, con los que seguíamos día a día ajustando el plan de emergencia. Necesitábamos saber cómo seguir, delinear estrategias puntuales, priorizar acciones y seguir una planificación integral. Con la reunión ya avanzada, de pronto me sonó una alarma interna cuando Fernán dijo:
—Va a haber que cerrar las escuelas, el virus va a empezar a circular y ya hay casos que se están estudiando.
—Pero yo hoy estuve en Nación y dijeron que no vamos a cerrar las escuelas.

Yo había estado ahí y había escuchado al Ministro de Salud: «Suspender las clases tiene un impacto social muy grande y no tiene efectos considerables en la salud, dado que hasta hoy no tenemos casos autóctonos, sino importados. Los chicos no son un grupo vulnerable».

Ginés González García habló de evidencia científica que tenía el Gobierno nacional y también de las recomendaciones de los expertos que aconsejaban no cerrar las escuelas.
Yo intentaba reproducir frente a los demás lo que se había conversado esa mañana, y recordé lo que dijo el Ministro en la conferencia de prensa: «Nos hemos reunido con todos los representantes del sistema educativo para asumir este enorme desafío de manera conjunta. Las decisiones adoptadas deben ser colectivas, consensuadas y dialogadas. Asumimos el compromiso de llevar, entre todos, tranquilidad a la sociedad de que la continuidad escolar de nuestras niñas, niños, adolescentes y jóvenes es, al día de la fecha, la mejor medida para resguardar la salud de todas y todos».

Estaba convencida de que los acuerdos en el Consejo Federal de la mañana se mantenían, así que podíamos avanzar con nuestro plan de emergencia general sin focalizar en la educación, porque las escuelas no iban a cerrar. Eso quedaría para más adelante, si la situación cambiaba, si la evidencia decía otra cosa, si las escuelas se convertían en un lugar de riesgo. Si en el futuro fuera necesario suspender las clases por un tiempo, debíamos estar preparados. ¿Qué hacemos con la comida, cómo trabajamos los contenidos, qué materiales tenemos para poner a disposición, cuántas computadoras hay en la calle? El escenario era impensable ¿Qué podía significar cerrar las escuelas? Esa fue la noche que volví a mi casa pensando en el desabastecimiento, en los pañales que no habíamos comprado, y le dije a mi marido:
—Vos fijate. Yo tengo que pensar un plan por si en algún momento cierran las escuelas.

Al otro día, sábado 14 de marzo, me reuní con el equipo del ministerio, los puse al tanto de las últimas resoluciones y empezamos a conversar sobre la necesidad de un plan ante una nueva contingencia. Debíamos estar preparados y adelantarnos a los hechos: si con el frío se complicaba la situación sanitaria y fuera necesario suspender las clases, tendríamos todo previsto. Repasamos los contenidos que teníamos en la web, el equipamiento tecnológico disponible, la cantidad de computadoras —cuánto stock hay en las escuelas, cuánto stock hay en otros espacios—, cómo estábamos de conectividad. Pensamos en los docentes y los modos de garantizar la conexión con sus estudiantes porque la mayoría estaba recién comenzando el dictado de clases, estaban conociéndose. También nos preocupaba cómo seguir garantizando la comida: 290 mil alumnos reciben todos los días algún tipo de servicio alimentario en las escuelas, son muchas raciones y hay muchos empleados, proveedores y dependencias involucrados en la logística.

Sobre el final del día, Fernán me llamó y volvió a decirme que a nivel nacional estaban hablando del cierre de escuelas.

—Te repito, Fernán, que ayer estuve con Trotta, con Ginés…

— Sole, lo estoy hablando con Ginés, vos hablá con Trotta. Eso intenté. Lo llamé y no me contestó. Le mandé un mensaje: «Llamame por favor, me están diciendo que vas a cambiar la decisión». Insistí hasta que al fin del día pude hablar con el ministro de Educación de la Nación. Fue una conversación privada y por eso no voy a contar lo que me dijo. Solo lo que ya sabemos: decidieron suspender las clases en todo el país a partir del lunes siguiente, 16 de marzo de 2020.

Si uno consulta los reportes diarios publicados oficialmente por el Gobierno nacional, puede leer un primer párrafo que se repite, idéntico, en cada uno de ellos: «A la fecha, en Argentina la mayoría de los casos son importados. Se detecta transmisión local en contactos estrechos, sin evidencia de transmisión comunitaria y el país continúa en fase de contención». También podemos ver la evolución de casos. En todo el país hubo 3 casos el 13 de marzo, 11 al otro día, 11 al siguiente y 9 casos el día lunes 16 de marzo. El informe también decía que, desde la llegada del coronavirus a la Argentina, se podían contabilizar dos personas fallecidas.

Esos eran los datos disponibles. Esa era la información que teníamos hasta entonces. Ninguna evidencia de transmisión comunitaria y la confirmación oficial de que la enfermedad estaba contenida. Cuando el ministro de Educación, primero en conferencia de prensa y después en declaraciones a los medios, el viernes 13 de marzo dijo que los especialistas en salud recomendaron no suspender las clases, también aclaró que las indicaciones podían cambiar de un minuto a otro. Cuando le consultaron sobre qué base podrían producirse esos cambios, contestó lo siguiente: «No estoy en condiciones de afirmar qué debería cambiar para que se suspendan las clases».

Por eso resulta inentendible la decisión de suspender las clases apenas comenzado el ciclo lectivo, transitando todavía el verano, con muchos meses por delante para preparar el sistema de salud y de acuerdo a las previsiones de que la circulación del virus comenzaría con los meses de frío. Había un enorme miedo a una escalada de contagios, pavor a que se replicaran en nuestro país las imágenes de muerte y hospitales saturados que llegaban desde Italia. Claramente era una decisión política. El lunes 16 a la mañana los estudiantes y docentes no irían a clases por una medida que, en los papeles, iba a durar hasta el 31 de marzo, aunque todos sabíamos que se iba a extender.

Mientras escuchaba al ministro Trotta intentando explicarme los motivos del cambio drástico en tan pocas horas de una política pública que involucra a millones de estudiantes en todo el país, tuve claro el panorama que teníamos por delante. Y así se lo hice saber:
—¿Sos consciente de que no volvemos hasta septiembre?
Porque esta enfermedad se transmite con el frío y no llegamos todavía ni al otoño.

Seis días después entraban en vigencia las medidas de aislamiento que nos tuvieron encerrados durante meses y yo dejaba el ministerio con más interrogantes que certezas. Una de las certidumbres que tenía era que el lunes siguiente los chicos no irían a la escuela, tampoco el siguiente, ni el otro, ni el otro. Las dudas que me empezaban a asaltar tenían que ver con cómo íbamos a hacer para recuperar lo que indefectiblemente se iba a perder.

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Esa enfermedad china https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/esa-enfermedad-china/ Tue, 03 May 2022 12:07:00 +0000 https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/?p=9869 En febrero de 2020, nuestras actividades eran las habituales para esa altura del año: tener todo listo para el comienzo de clases. Los docentes ya estaban en sus puestos de trabajo, los estudiantes secundarios con sus exámenes, llevábamos adelante las capacitaciones docentes, los actos públicos para la cobertura de cargos. Es decir, el año estaba en marcha.

Faltaba más de un mes, según lo previsto, para irme de licencia. La fecha de parto prevista era principios de abril, por lo que imaginaba reincorporarme antes de las vacaciones de invierno. Esa previsión, y la naturaleza política del cargo que ejerzo, llevó a Horacio a decidir que no iba a haber un reemplazo, porque contábamos con un gran equipo, una planificación y la coordinación general de mi jefe de gabinete Luis Bullrich para garantizar la continuidad.

La primera vez que el Covid irrumpió de modo significativo en la gestión fue cuando recibí una llamada de la secretaría de Asuntos Estratégicos del Gobierno de la Ciudad:
—Horacio va a hacer una conferencia de prensa por el tema de esta enfermedad china, vamos a anunciar medidas y algunas involucran a Educación. Si podés, vení.

Mi primera reacción fue repasar la cantidad de dependencias que tiene el ministerio: 820 edificios y más de 2700 escuelas. Imaginé que se trataba del anuncio de alguna medida de control o de implementación. ¿Tendría que movilizar de un momento a otro a todas las empresas de limpieza, a todos los servicios, a todos los auxiliares en cada uno de los establecimientos? Aunque a nivel nacional los funcionarios de salud seguían minimizando la propagación mundial del virus, en la Ciudad se empezó a ver el tema con preocupación y por eso el jefe de Gobierno, acompañado por el ministro de Salud, querían actuar preventivamente. Se organizó una reunión para analizar el estado de situación con la escasa información disponible y sobre esa base se convocó a la primera conferencia de prensa específica sobre el coronavirus. Fueron, principalmente, recomendaciones de cuidado y medidas de higiene. La prevención era el único aspecto sanitario sobre el que teníamos datos e información concreta.

Para esa altura ya teníamos iniciado el curso de articulación de los alumnos de primer año del secundario, pero no en el resto de los niveles ya que habíamos acordado en el Consejo Federal de Educación que todos los distritos comenzarían juntos el 3 de marzo. En pocos días todo se fue desarrollando de manera vertiginosa, incluso caótica. Por lo pronto, en el ministerio tuvimos la primera eventualidad por fuera de nuestra planificación. A la luz de lo que sucedió después, de la suspensión de clases por tiempo indeterminado y todo lo que nos costó la pelea por la vuelta a la presencialidad, ahora resulta insignificante la preocupación con la que me fui de aquella conferencia de prensa en la que nuestro gobierno anunció medidas de higiene: ¿cómo hago para comprar la cantidad de jabón que necesitamos para todas las escuelas y todos los baños?

Las compras en el Estado no son como las que uno hace en su casa. Nosotros estamos acostumbrados a gestionar con tiempo y planificación, anticiparnos a las contingencias y tomar decisiones con tiempo, de manera previsible. Entonces, de un momento a otro, teníamos que aumentar el stock de jabón, decidir si era sólido o líquido, pensar cómo reponerlo y quiénes lo harían. No podemos ampliar una licitación así como así porque manejamos fondos públicos, seguimos procedimientos que no tienen ningún tipo de correlación con lo que uno hace, por ejemplo, cuando debe comprar jabón para su casa.

A nivel educativo, mientras tanto, evaluábamos todos los escenarios posibles. No solo debíamos garantizar la limpieza, desinfección y provisión de elementos en cada uno de los establecimientos; también comenzamos a sopesar medidas en materia educativa que deberíamos tomar ante un hipotético cierre de las escuelas. Necesitábamos anticiparnos.

Esa noche volví a casa con preocupaciones nuevas a partir de lo que se estaba escuchando, de lo que circulaba en los pasillos del ministerio y de lo que se reproducía a partir de las noticias en los medios. Cuando Diego volvió de trabajar, lo apabullé con un montón de cosas que me hicieron pensar en la falta de previsión para nuestra vida doméstica:
—Mirá que se está diciendo que van a cerrar los negocios, que va a faltar todo y eso significa desabastecimiento. Tenemos que prepararnos, no hay comida, no compramos nada para el bebé, no tenemos ni pañales.

Le pareció exagerada mi preocupación e intentó transmitirme calma. Sé que por su trabajo en el Conurbano se enfrenta a situaciones muy difíciles a diario, entonces me pareció lógica su perspectiva. Sin embargo, cuando me levanté al otro día, supe que Diego no había podido dormir pensando en lo que le dije y salió de madrugada. Fue al chino y compró diez paquetes de pañales y toallitas, que fue lo único que encontró para el bebé y, ya que estaba, trajo aceite, fideos, papel higiénico. Si recordamos aquellos días, vamos a caer en la cuenta de que todos vivimos situaciones similares, producto de la desinformación, los rumores y la incertidumbre frente a lo desconocido.

Con el paso de los días, la imprevisión y el desconcierto se hicieron más palpables. «Yo no creía que el coronavirus iba a llegar tan rápido, nos sorprendió», dijo el ministro de Salud de la Nación en una entrevista televisiva con A24 el 9 de marzo. Luego se anunciaron las primeras medidas sobre migración, se prohibió el ingreso de extranjeros al país, se pusieron puestos de control en Ezeiza, empezó a hablarse de casos y contagiados aunque no había datos y los testeos eran insuficientes porque el único centro autorizado era el Instituto Malbrán. Empezamos a tener reuniones permanentes con distintos miembros del Gobierno de la Ciudad, en las que poníamos en común la escasa información disponible con el objetivo de sopesar alternativas y tomar las decisiones correctas. O por lo menos, las que considerábamos más adecuadas de acuerdo a la evidencia que teníamos. Todos esos meses de irrupción de la pandemia en nuestras vidas fueron un desafío constante para el proceso de toma de decisiones, que se vio arrastrado fuera de los carriles de previsibilidad a los que estamos acostumbrados en la gestión. Muchas veces nos equivocamos y dimos marcha atrás con resoluciones que, al momento de tomarlas, nos parecían las adecuadas, pero claro, eso formó parte también de las cosas que aprendimos con la pandemia.

Las reuniones con algunos miembros del gabinete las teníamos en un bar por Palermo que hace años se transformó en nuestro lugar de encuentro y la historia viene desde la época en que Horacio fue papá. Necesitaba un lugar cercano a su casa para ir y venir sin pérdida de tiempo en esos primeros meses de su paternidad, entonces fuimos algunas veces a Pizza Cero, que tenía un espacio amplio para nosotros y fue quedando como espacio de encuentro. Se convirtió en una especie de tradición del grupo. Y ahí estábamos, después de aquella primera conferencia de prensa y con las nuevas medidas tomadas por el Gobierno nacional sobre la mesa, sopesando la información y buscando las mejores alternativas para afrontar lo que venía. Andábamos a ciegas pero igualmente debíamos elaborar un plan de emergencia.

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Estar en la escuela https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/estar-en-la-escuela/ Mon, 02 May 2022 12:06:00 +0000 https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/?p=9867 Teníamos entonces una nueva misión por delante para nuestro segundo mandato y eso determinó una serie de cambios hacia adentro. El trabajo en equipo es uno de los valores de nuestro estilo de gobierno porque estamos convencidos de que las transformaciones se producen con la colaboración y el involucramiento de cada una de las personas en sus funciones específicas. Reestructurar las funciones también requería una organización diferente, una nueva estructura de gobierno para llevar adelante los objetivos que nos planteábamos.

Para nosotros es vital la planificación porque estamos administrando bienes que no son nuestros y debemos hacerlo con responsabilidad, con objetivos claros y previsión a corto, mediano y largo plazo. Durante los primeros días de 2020, mientras estábamos definiendo los últimos detalles de la planificación, monitoreábamos de cerca nuestras escuelas de verano y estábamos en estado de alerta frente a la progresiva propagación del dengue en la ciudad. En ese entonces el coronavirus aparecía en forma de noticias lejanas y las autoridades sanitarias nacionales insistían en que no constituía una preocupación: «Hay una muy baja probabilidad de que llegue al país el coronavirus, es un virus circunscripto a China», declaró a principios de febrero el ministro de Salud de la Nación.

Seguíamos con el trabajo diario, que incluía el monitoreo de varias obras. Estábamos inaugurando escuelas del «Plan 54» que no habíamos terminado en la etapa anterior: el Jardín de Parque Patricios, la de Villa Olímpica, también la de la 21-24 donde hasta entonces poníamos colectivos para trasladar a los chicos a escuelas fuera del barrio. La construcción de nuevas escuelas permitió bajar a los chicos de los colectivos y que estudiaran en sus barrios. Proyectar, construir, habilitar y abrir escuelas es un enorme esfuerzo que se hace con el dinero de los contribuyentes. Por esa época inauguramos una gran cantidad de jardines y por eso armamos una serie de fiestas en la calle con una caravana dedicada a María Elena Walsh que se iba trasladando de un barrio a otro con shows y baile y canciones. Me acuerdo de aquellos días de verano, con cuarenta grados en la calle y yo bailando con una panza enorme, porque proyectar y construir escuelas es una obligación, pero inaugurarlas es siempre motivo de celebración para cada barrio donde llega una escuela.

Más allá de la satisfacción por las nueve mil vacantes que creamos con este plan, todavía quedan cosas por hacerse. Nosotros queríamos, aún queremos, universalizar la sala de tres años, y por ese motivo cada jardín que construimos tiene contemplada esta sala porque es fundamental para nosotros garantizar la escolaridad a una edad lo más temprana posible. Los treinta jardines que construimos con este plan tienen sala de tres y son edificios hermosos, diseñados como espacios flexibles, con equipamiento y dispositivos tecnológicos de vanguardia. La cuestión es que con cada escuela nueva que abrimos se produce un fuerte traslado desde el sistema privado al público y también la incorporación de una matrícula significativa de chicos que vienen desde provincia a estudiar a la Ciudad. Buenos Aires sigue creciendo y estamos recibiendo una gran cantidad de inmigración de países vecinos, y prueba de esto es que, en solo un año, se ocuparon cuatro mil vacantes con los hijos de migrantes venezolanos. Por eso, aunque parece que nunca alcanza, seguimos trabajando en nuestro objetivo de universalizar la sala de tres.

Todos los estudios muestran que cuando la escolarización comienza a temprana edad, los chicos tienen mejores resultados a lo largo de su trayectoria escolar: mientras más pequeños comienzan, mejor les va. Y mi insistencia con el pronto comienzo es también una política de género, porque cuantos más lugares de cuidado existan para los chicos, más oportunidades de trabajo tendremos para las mujeres y más posibilidades para su desarrollo. Los jardines son escuelas y también espacios de cuidado que se convierten en perspectiva de proyección personal para las mujeres, que pueden trabajar o seguir estudiando mientras sus hijos están en la escuela. También la evidencia nos muestra que a mayor nivel educativo de las madres, mejor es el resultado de las trayectorias educativas de los chicos. En los barrios más vulnerables, esto se traduce en una cuestión de tiempo disponible, un tiempo ganado para sí mismas por aquellas mujeres que, como sabemos, son las que están mayoritariamente al cuidado del hogar. Me acuerdo siempre de algo que me dijo hace años Esteban Bullrich cuando me convocó a trabajar en el ministerio de Educación: «Invertimos un montón como Estado pero no estamos teniendo el resultado que necesitamos, que es igualar las diferencias de origen. Necesito que revises estas políticas». A partir de un fuerte trabajo en el territorio y un relevamiento de experiencias internacionales volví a él con una propuesta:

—Lo primero que tenemos que hacer es garantizar que las madres terminen el secundario.

Y sobre eso empezamos a diseñar políticas públicas concretas que seguí profundizando cuando me tocó estar a cargo del ministerio. La educación de adultos fue creciendo año a año y eso fue el producto de un relevamiento en el territorio, un diagnóstico preciso y una planificación exhaustiva de políticas muy puntuales. Una de ellas fue la de «Ventanilla única», y la llamamos así porque son espacios de consulta personalizados, ya que cada caso es único. Las ventanillas únicas son espacios donde las personas se acercan y le cuentan a alguien su propia historia de vida: «Dejé la escuela en tal grado, me falta tal cosa, tengo tal papel pero no tengo el otro, trabajo tantas horas, tengo tantos hijos, vivo en tal lado». No siempre se valora lo suficiente ese intercambio entre dos personas, esa situación de escucha atenta a situaciones y problemas concretos que es la que nos permite diseñar políticas específicas, a medida de los vecinos. De esas conversaciones sale, cada vez, algo así como un traje a medida. Porque cada persona tiene necesidades diferentes y para eso delineamos distintas modalidades: tenemos una oferta que es toda virtual, otra presencial, la posibilidad de hacerlo combinado, hay personas que pueden ir algunos días a la semana, algunos que necesitan acompañamiento y otros que no. Es decir, pensamos un sistema que facilita el acceso y ofrece alternativas reales para personas de carne y hueso con situaciones únicas, no estandarizadas. Esta política es solo un ejemplo de un modo de gestión educativa que se inició hace años y contempla a la totalidad de los actores involucrados. El entorno familiar es fundamental para el aprendizaje y está comprobado que, a mayor nivel educativo de los padres, mejoran considerablemente las oportunidades educativas de sus hijos. Esto se hizo evidente con el cierre de las escuelas porque dejó a la vista que las inequidades de origen se pueden equilibrar con los chicos en las aulas, no encerrados en sus casas o deambulando por el barrio.

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Trabajo en equipo https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/trabajo-en-equipo/ Mon, 02 May 2022 12:05:00 +0000 https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/?p=9865 Para febrero de 2020 ya estábamos completamente mudados a la sede en el Barrio 31 y teníamos por delante una nueva etapa. Decidí encararla con un cambio en la misión del ministerio y para eso era necesario llevar adelante una discusión franca sobre la educación. ¿Cuáles son los desafíos actuales? Estamos en un contexto cambiante, el mundo no es el mismo y hay transformaciones que requieren respuestas creativas. Se abrían interrogantes. ¿La misión de la educación puede seguir siendo la misma? ¿Cómo podemos aportar desde la educación a ese desarrollo económico y productivo de la ciudad? Hacía tiempo que veníamos trabajando en esa dirección. En un mundo cambiante, con transformaciones que se producen a gran velocidad, es vital que los estudiantes salgan de la escuela con todas las habilidades del siglo XXI. Tenemos que formar personas capaces de insertarse en el mundo que les toca vivir y el que viene: incierto, dinámico y en constante transformación, y también personas íntegras, autónomas, con pensamiento crítico y capaces de hacer aportes significativos para la sociedad.

Reformulamos la misión del ministerio entendiendo que la formación no acaba con la escolaridad obligatoria, que es nuestro deber acompañar el potencial de las personas para que sean protagonistas del desarrollo sostenido de la Ciudad, que el aprendizaje es algo que se da a lo largo de toda la vida y por eso debemos acompañarlo en todo momento.

Comencé a comprender la importancia de la educación desde muy chica, en el seno de una familia de clase media de Bariloche. A través de la experiencia y el recorrido de nuestros padres, los cuatro hermanos siempre tuvimos una especie de mandato familiar: íbamos a estudiar en la universidad. Crecimos con esa convicción aunque supiéramos que iba a ser difícil, porque para seguir estudiando debíamos alejarnos de casa, mudarnos a una ciudad más grande, alquilar, conseguir trabajo para ayudar a nuestros padres. Mi mamá Stella era maestra, una licenciada en Historia que trabajaba como docente de lo que hubiera, sumaba horas en primaria o secundaria para contribuir en la economía familiar. Mi papá Mario era bombero, de esos bomberos que además son policías, y que renunció a la fuerza en el año 75 o 76, más o menos en la época en la que yo nací. Entonces puso un negocio de venta de matafuegos y artículos para los bomberos; más adelante puso un kiosco y después otros comercios. Siempre fue un comerciante que se iba adaptando a los tiempos, yo suelo decir que mi papá es un buscavidas.
Los dos, en realidad, hicieron todo lo que estaba a su alcance para que pudiéramos estudiar y creo que por eso tengo tan internalizada la concepción de que el aprendizaje es algo que se sostiene a lo largo de toda la vida: es como seguir buscando. Porque a mayor educación, más herramientas. Esto es así para todos, pero las estadísticas y la experiencia nos demuestran que es una realidad insoslayable para las mujeres, porque una mejor educación nos permite contar con recursos para superar situaciones de abuso, enfrentarnos a un hombre violento y, sobre todo, conseguir una imprescindible autonomía económica. Si seguimos formándonos, tendremos mayor independencia, mejores expectativas laborales, podremos aspirar a un empleo mejor y discutir un salario más alto.

Con esta nueva misión encaramos la segunda etapa en el ministerio: los destinatarios de nuestras políticas son todas las personas, porque todos, en algún momento de la vida, necesitamos formarnos, aprender algo nuevo, actualizarnos y reinventarnos. Estamos acostumbrados a pensar que los destinatarios de las políticas públicas en educación son los niños en edad de educación obligatoria y los que acceden a la formación profesional y terciaria, pero en una sociedad altamente tecnologizada nunca terminamos de aprender. Porque todos somos, cada quién a su modo, emprendedores de nuestras vidas.

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Te juro que voy a volver https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/te-juro-que-voy-a-volver/ Sun, 01 May 2022 12:04:00 +0000 https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/?p=9863 Era mucho lo que había que hacer en aquellos primeros meses. Los comienzos de año en Educación vienen siempre con mucho trabajo: la planificación, las colonias de verano y las negociaciones salariales que muchas veces terminan en conflictos sindicales que retrasan el normal comienzo de las clases. A lo de siempre, en 2020 sumamos el traslado al nuevo edificio y algunas complicaciones porque el dengue estaba siendo un problema sanitario preocupante. En lo personal, sabía que a principios de abril me iba a tomar la licencia por maternidad y debía dejar todo encaminado. ¿Cómo imaginaba ese proceso?Volviendo rapidito, rapidito. Me voy un toque y sigo, me decía a mí misma. Era tanta la adrenalina de todo lo que había por hacer, que para mí esa licencia era un detalle.

Ya lo había hecho cuando nació mi primer hijo: trabajé hasta el último día y regresé en cuanto pude.

Sé que tengo algo obsesivo con el trabajo y trato siempre de estar arriba de todas las decisiones, pero con la maternidad hay algo diferente. Las mujeres siempre tenemos que explicar más, demostrar que podemos equilibrar la familia con el trabajo, que si decidimos tener un hijo eso no implica que no prioricemos nuestro desarrollo profesional o nuestra carrera política, como en mi caso. A lo largo de los años fui viendo cómo muchos de los varones del gabinete tuvieron hijos, se iban dos o tres días y estaban de regreso muy pronto.

Yo asumí embarazada y necesariamente iba a estar ausente durante un par de meses. Eso me generaba una mezcla de dudas, culpa y temores: van a pensar que es menos importante el trabajo para mí porque priorizo la familia. Sabemos que esas cosas no se le pasan por la cabeza a un hombre cuando va a tener un hijo, pero así me sentía yo. Probablemente estaba todo en mi cabeza y de hecho el tiempo me lo demostró, pero esa sensación no era del todo injustificada: no había antecedentes. Resulta que en el régimen gerencial por el que nos regimos los ministros de la Ciudad, no existía la licencia por maternidad. Esto llama la atención pero hay que tener en cuenta algo tan simple como contundente: nunca antes hubo ministras que quedaran embarazadas durante su gestión. Tradicionalmente, las mujeres que llegan a estos cargos lo hacen siendo un poco más grandes y después de otros recorridos personales; sin embargo, cada vez hay más mujeres jóvenes en cargos de gestión. Los tiempos están cambiando porque hubo mujeres que fueron abriendo el camino, cada vez somos más las que ocupamos espacios tradicionalmente masculinos y lo hacemos enfrentándonos a pequeñas dificultades cotidianas y también a grandes desafíos. Formo parte de un espacio político preocupado por estos temas y que, siendo conscientes de que falta mucho por hacer, revisa constantemente sus prácticas para generar cambios profundos y sostenibles en el tiempo. Cuando Horacio asumió su segunda gestión fue muy claro en el mandato para la conformación de los nuevos equipos de trabajo: generar oportunidades reales para que las mujeres desarrollemos nuestro potencial y equilibrar la composición de género en el gabinete y las distintas áreas de gobierno.

Por eso, antes de hablar del momento en que me fui de licencia por maternidad, me gustaría contar lo que pasó previamente, por qué Horacio Rodríguez Larreta volvió a apostar por mí para un área tan compleja y estratégica como Educación, cuando ya estaba embarazada. No debería ser una cosa a resaltar, pero como es tan poco frecuente, me veo casi obligada a hacerlo. Decidí tener otro hijo mientras transitaba el último tramo de mi primera gestión. Teníamos a Santi, de 10 años, y queríamos más hijos, él siempre nos insistía con eso, quería un hermanito para jugar. Sin embargo, yo sentía que nunca era el momento apropiado y lo iba postergando.

Hace mucho tiempo que trabajo en áreas de gobierno donde los desafíos son constantes y exigen una dedicación permanente, y aunque era consciente de que el momento ideal nunca iba a llegar, fui aplazando la maternidad. Lo más importante para mí es que no estaba sola en esto porque mi marido lo entendía y nunca me presionó. Diego es un fuera de serie, él también trabaja en política y comprendía cada uno de mis reparos. Sabía de qué hablaba cuando temía por la continuidad de mi carrera, me acompañaba, intentaba quitarme las presiones de encima al tiempo que aceptaba mis decisiones. En estos debates internos que las mujeres solemos tener entre familia y profesión, las que ponemos el cuerpo somos nosotras. Por eso lo pensamos más de una vez.

Así que el día que caí en la cuenta de que nunca iba a haber un momento ideal, cuando pude ordenar mis prioridades y saber qué era lo importante y lo que deseaba, en ese instante decidí que por fin íbamos a tener el hijo que queríamos con Diego y el hermanito que Santi esperaba. Yo no sabía si después iba a volver a la gestión, incluso porque el proceso podía resultar más extenso y complicado que lo normal. Postergar la maternidad también trae consecuencias para nosotras, porque el cuerpo de la mujer está preparado para otros tiempos que no son los mismos que los de la profesión o la carrera política, entonces el deseo de tener otro hijo venía de la mano con un proceso desconocido. Era más complejo, involucraba un tratamiento que podía tener complicaciones y llevar tiempo, por eso decidí hablar con Horacio al respecto.

Lo que recuerdo de aquella charla es que di mil vueltas, me descubrí a mí misma dando demasiadas explicaciones, argumentando y cubriéndome por una decisión que ya había tomado. Iba a intentar tener un hijo, podía haber dificultades con el tratamiento, después habría una licencia y quería que no se viera interrumpida mi carrera política.

Espero que lo entienda, pensaba, mientras seguía excusándome. Lo que no tuve en cuenta durante el comienzo de esa conversación es que hace años que trabajo día a día con Horacio y conozco cómo actúa. Sé que muchas de las rutinas de la política en el Gobierno de la Ciudad cambiaron con su estilo, que para él la vida familiar es sustancial, parte indisociable de la función. Desde que lo conozco remarca eso, incluso jamás hacemos reuniones de trabajo a la noche a menos que sea imprescindible o en situaciones de emergencia, porque ese es un momento para estar en familia. Así que ahí estaba yo, dando explicaciones, cuando me dijo:
—¿Y por qué le das tantas vueltas si está buenísimo? Mejor contame cómo es el tratamiento.

Terminamos hablando del proceso que estaba a punto de encarar y me fui de la reunión con el alivio del apoyo y una promesa:
—Te juro que voy a volver.
Tiempo después, y con una panza de seis meses, estaba tomando juramento para mi segundo período como ministra de Educación de la Ciudad de Buenos Aires.

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10 de diciembre de 2019 https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/10-de-diciembre-de-2019/ Sun, 01 May 2022 12:01:00 +0000 https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/?p=9860 Apenas tres meses antes, el día que comenzó mi segunda gestión como ministra, nada me hubiera hecho pensar que íbamos a estar en una situación semejante. Aquel 10 de diciembre también fue un momento con emociones contradictorias porque estábamos asumiendo después del triunfo en la ciudad y la derrota a nivel nacional.
Horacio Rodríguez Larreta fue reelegido para su segundo período como jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y el apoyo fue rotundo. Los ciudadanos nos acompañaron mayoritariamente con su voto y no podíamos más que sentirnos orgullosos por el apoyo popular al trabajo realizado. Pero también estaban presentes los efectos de la derrota a nivel nacional y provincial: habíamos perdido esas elecciones y los resultados mostraban una caída del proyecto político integral. Algo hicimos mal: ¿en qué nos equivocamos? Llegaba un momento fuerte de autocrítica, de revisión y de pensar en el futuro para corregir errores.

Esa tarde del 10 de diciembre fuimos llegando a la casa de la ciudad en Parque Patricios donde Horacio y Diego Santilli, jefe y vicejefe de Gobierno, nos iban a tomar juramento a los integrantes del nuevo gabinete. Tuvimos otra vez el apoyo abrumador de la ciudadanía y en ese momento también sentimos el sostén de todo nuestro espacio político. Aquel día nos acompañaban el ex presidente Mauricio Macri, la ex gobernadora María Eugenia Vidal, los ministros salientes del Gobierno nacional, legisladores y colegas con los que venimos trabajando desde hace años en la construcción de un proyecto político. Saludamos a los ciudadanos que nos votaron y a los que no lo hicieron, Horacio remarcó la necesidad de construir consensos apelando al diálogo, se comprometió a trabajar para alcanzar los objetivos planteados y nos tomó juramento a todos los ministros y secretarios.
—Estoy convencido de que cada uno de ellos va a cumplir con los compromisos que asumimos porque, si bien hicimos mucho, queda más por hacer.
Enseguida nos pusimos a trabajar en eso.


En los primeros días de enero de 2020 empezamos la mudanza del ministerio al Barrio 31 con la coordinación general de Diego Fernández, Secretario de Integración Social y Urbana de la Ciudad de Buenos Aires. Por fin estábamos completando una política de gobierno muy ambiciosa que había nacido allá por 2016 cuando Horacio lanzó «Treinta y todos», un plan de acción para la integración social y urbana de los barrios 31 y 31 Bis, la construcción del Polo Educativo María Elena Walsh —con una escuela de nivel inicial, una escuela primaria y un centro educativo para adultos— y un nuevo edificio para el ministerio de Educación de la Ciudad.
Había sido nuestro compromiso y estábamos inaugurando la última etapa.

Por esos días cambió mi espacio laboral y también el de los 2500 empleados que hasta entonces trabajaban en distintas sedes. Nos mudamos a un entorno nuevo y a un espacio centralizado de trabajo: un edificio de diez plantas, dos subsuelos, planta baja y siete pisos en el corazón de un barrio que en cinco años había cambiado completamente con el plan de integración urbana que supuso arreglo de viviendas y construcción de nuevos hogares, obras de pavimentación, cloacas, iluminación e instalación eléctrica, la incorporación de líneas de colectivo que empezaron a llegar al barrio, la nueva escuela, los espacios verdes y, finalmente, la mudanza del ministerio. Después de dos años de trabajo en la nueva sede, puedo decir que hay una gran sinergia entre el barrio y el ministerio, con cada una de las personas que trabaja en él y también con el constante movimiento de docentes y estudiantes que vienen, hacen trámites, se reúnen y arman proyectos.

Estábamos contentos y ocupados con la mudanza y a la vez empezábamos nuestro segundo período de gestión con algunos cambios. Horacio nos había pedido la reformulación de los equipos en cada uno de los ministerios porque ese es su estilo de hacer política: proyectar, gestionar, evaluar y volver a proyectar. En los cuatro años previos nos fue muy bien, el resultado de las elecciones así lo indicaban, pero también la gente nos había dado un mensaje a nivel nacional y por eso era imperativo reformular equipos y planes de trabajo. Los cuatro años que teníamos por delante no podían ser como los anteriores. Tenían que ser mejores.

Yo me formé políticamente con Horacio y por eso creo que tengo tan internalizada esa forma de hacer política que implica siempre cuestionarse, pensar y gestionar creativamente para encarar transformaciones constantes. Es como si no pudiéramos relajarnos nunca. Cuando lo conocí, yo todavía estudiaba en la facultad. Nunca había participado en política partidaria, aunque siempre estaba metida en todas partes, por ejemplo cuando fui delegada de curso en la secundaria o armamos el centro de estudiantes y entre las cosas que discutimos estaba el reclamo para cambiar el uniforme. Hay que imaginarse los inviernos en Bariloche y el jumper corto o hasta las rodillas, así que fue un logro para nosotras poder usar pantalones. Después me vine a estudiar a la Universidad de Buenos Aires, ingresé en Ciencia Política y en el último año elegí la orientación Administración Pública porque, aunque me gustaba estudiar, sentía que necesitaba otra cosa: bajar a tierra lo que estaba en la teoría. En una de las materias optativas vino gente de la Fundación Sophia a hacer reclutamiento de estudiantes para trabajar en proyectos de investigación y uno de esos proyectos tenía como requisito que los estudiantes fueran de la Patagonia. Es decir, estuve en el lugar correcto en el momento indicado, porque el que dirigía esa fundación era Horacio Rodríguez Larreta.
Era el año 1997, trabajaba de moza los fines de semana en una pizzería y cuando me iba a Bariloche en las vacaciones atendía una chocolatería durante el verano. Cuando empecé a trabajar en la Fundación viajé varias veces a la Patagonia para hacer relevamientos; no lo sabía entonces, pero se estaba iniciando mi formación política. Como yo, muchos de los que compartimos el espacio nos estábamos formando como cuadros técnicos, porque esa era la visión de Horacio: conformar equipos de trabajo que con el tiempo estuvieran preparados para ocupar espacios de poder y llevar adelante políticas públicas destinadas a mejorar la vida de las personas.


Cuando me designaron ministra en el año 2015, pudimos ocuparnos de reformas que buscan mejorar la calidad educativa porque había cientos de cuestiones estructurales que ya estaban resueltas. Primero Mariano Narodowski, durante un corto período, y después Esteban Bullrich, se ocuparon de los déficits de base, de todas esas obras fundamentales y necesarias sin las cuales era imposible encarar reformas. Después de años de gobiernos «progresistas» en la ciudad de Buenos Aires, los pendientes eran muchos: no estaban garantizadas las vacantes ni siquiera para la sala de cinco años que es hasta donde llegaba la obligatoriedad, no había infraestructura adecuada, no estaba garantizado el sistema de comida para las escuelas, no había políticas de formación docente, los salarios estaban muy atrasados y no se había hecho nada en términos de digitalización.

Esa es la tarea que encaró Esteban desde 2009. No se pueden encarar grandes transformaciones si hay falencias estructurales, y fueron cubiertas durante aquellos años en los que también se instaló la cultura de la evaluación para la mejora constante, se incorporó inglés en las escuelas primarias desde primer grado y se inició el «Plan de alfabetización digital», que incluyó la entrega de una computadora por chico con conexión a Internet. Esteban es un político innovador, una persona que proyecta la mirada diez años hacia adelante, y eso en educación es un activo invaluable. Cuando me tocó asumir como ministra en 2015 nos pusimos a trabajar sobre lo ya hecho, con el camino bastante allanado y nos propusimos cinco grandes objetivos estratégicos que implicaban repensar el sistema educativo y no solo gestionarlo.

Uno de ellos era seguir construyendo escuelas para mejorar el acceso de todos los chicos. Lo llamamos «Plan 54 escuelas» y las construimos, la mayoría en la zona sur de la ciudad, donde más se necesitaban. Sabemos que más tiempo en la escuela significa más oportunidades para aprender y por eso implementamos la «Jornada extendida» para los últimos grados de primaria y los primeros de secundaria. También apostamos fuerte por la «Educación digital», que atraviesa todos los niveles y brinda las herramientas necesarias para el futuro. En la Ciudad, los chicos y las chicas desde sala de 5 años aprenden el lenguaje de programación y esto les permite explorar nuevos modos de entender y construir la realidad.
Implementamos la «Secundaria del futuro», programa que postula una nueva forma de enseñar, con estudiantes involucrados, adaptado a las innovaciones tecnológicas y acorde a las cambiantes demandas de la sociedad. Otro desafío fue la capacitación docente: aumentamos de veinte a cien las horas anuales de capacitación docente en servicio y, sobre todo, impulsamos la discusión sobre la formación docente y creamos la Universidad de la Ciudad.

Esos eran nuestros objetivos y también nuestros desafíos, porque fueron cuatro años colmados de resistencias. Cómo olvidar que empezábamos cada año con paros docentes al momento de encarar las negociaciones paritarias, que al implementar «Secundaria del futuro» tuvimos amenazas de bomba en distintos establecimientos y afrontamos la toma de cincuenta escuelas o que sufrimos escraches, paros y marchas cuando propusimos abrir el debate sobre la formación docente. Todos estos conflictos, no obstante, fueron también aprendizajes, porque encaramos la segunda gestión con la convicción de que para los cuatro años por venir debíamos priorizar la cercanía y la participación de todo el sistema en
las decisiones. Los enfrentamientos y las dificultades significaron aprendizajes porque nos hicieron replantear algunas formas de la gestión y eso se tradujo en cambios concretos: una nueva cultura basada en el diálogo con todos los actores involucrados y el Estado más presente en el día a día. Las familias se convirtieron en interlocutores gravitantes para la toma de decisiones. Las convocamos con la convicción de que lo que tienen para decir debe ser escuchado, porque muchas veces los grandes conflictos, los que salen en los medios y generan tantos retrocesos en el sistema —como las escuelas tomadas o las clases suspendidas por amenazas de bombas—, son hechos ruidosos pero también minoritarios. Finalmente, lo que aprendimos fue a buscar la manera de escuchar a las mayorías silenciosas.

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Cómo me voy a ir justo cuando pasa esto https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/como-me-voy-a-ir-justo-cuando-pasa-esto/ Sat, 30 Apr 2022 21:32:00 +0000 https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/?p=9824 El mismo día en que se decretó el aislamiento social preventivo y obligatorio me fui de licencia por maternidad, y lo cierto es que quería quedarme. Estábamos entrando en una etapa inédita, nunca vivida en nuestro país. De repente y de la noche a la mañana las personas debíamos permanecer en nuestras casas, estaba prohibido circular por las calles, ver a nuestros seres queridos o ir a trabajar. Se dispusieron excepciones para las fuerzas de seguridad, los medios de comunicación, los supermercados, las farmacias y hasta las ferreterías.
También para las autoridades nacionales y provinciales porque la situación de emergencia requería la toma constante de decisiones. Sin embargo, aunque mi actividad en el ministerio era considerada esencial, tenía que irme a casa.
Era la nochecita del viernes 20 de marzo de 2020. No podría decir que estaba cansada, la sensación era más bien de agobio, o un cierto desasosiego por lo que venía. Había sido un día largo y sofocante, demasiado para andar con una panza de casi nueve meses. La semana también había sido larga, una seguidilla de días frenéticos que comenzó cuando el Gobierno nacional dispuso, de manera intempestiva y sin consultas, la suspensión de clases en todo el país a partir del lunes 16 de marzo. Me parecía un error y así se lo dije al ministro Nicolás Trotta: si cerrábamos, nos iba a costar mucho volver. En esa época aún sabíamos muy poco sobre el virus, pero lo que veíamos en Europa nos permitía intuir que
era estacional y que la circulación aumentaba en invierno.
Recién estaba terminando el verano en nuestro país, por lo tanto, si cerrábamos, no íbamos a volver hasta septiembre.
Aquellos días de marzo fueron la culminación de una etapa y el comienzo de otra que no terminó, porque aún no conocemos el alcance de las decisiones que se tomaron. Lo que se ha caracterizado como una de las «cuarentenas más largas del mundo» tuvo consecuencias aún no mensurables pero sí visibles para todos los habitantes del país. Como ministra de Educación de la Ciudad de Buenos Aires sí puedo ponderar lo que significó para nuestro sistema educativo.

El comienzo del ciclo lectivo nos había encontrado planificando el año que teníamos por delante y atentos a las noticias de un virus chino que se estaba propagando por el mundo. Había expectativa e incertidumbre y las medidas se fueron desencadenando en forma rápida: ante los primeros casos se aisló a los viajeros, se armó un comité de expertos, se cerraron fronteras, suspendieron las clases y a los pocos días ya quedamos todos aislados. Debíamos quedarnos en casa para preparar el sistema de salud. Como yo estaba muy cerca de la fecha de parto de mi segundo hijo y no había certezas de cuál era el riesgo que el virus tenía para las embarazadas, se precipitó mi licencia.

Ese viernes me despedí de mi equipo de trabajo, atravesé las puertas del ministerio sin ninguna certeza sobre la vuelta y solo pensaba en lo que dejaba atrás. Repasaba las raciones de comida diarias que teníamos que entregar, la disponibilidad de recursos didácticos para los docentes, las plataformas que
podíamos usar; me preguntaba cómo hacer para no perder contacto con los chicos y las familias. Pensaba una y otra vez: y yo me estoy yendo justo ahora…

Aunque los hechos se precipitaron y sucedieron muchas cosas en un corto lapso de tiempo y me cuesta aislar algunos acontecimientos en medio del caos en que estábamos viviendo, todavía tengo muy presente esa vuelta a casa que era completamente diferente a la de todos los días. Me iba por dos o tres meses y lo que llegué a imaginar como continuidad del trabajo en el ministerio se había evaporado, primero con la suspensión de clases y en ese momento con el cierre total. Después de todo este tiempo quizá no recordamos el comienzo del aislamiento obligatorio y lo que significó; yo me acuerdo del impacto que me produjo ver por primera vez una Buenos Aires vacía. Era una imagen cinematográfica: una ciudad de pronto abandonada por sus habitantes.

Mientras atravesaba más rápido que de costumbre las avenidas, presté atención por primera vez a los negocios cerrados, uno tras otro, y lo que se me vino a la cabeza fue un detalle muy preciso de mi vida personal: no compré la almohada para amamantar al bebé.

De pronto caí en la cuenta de que no tenía nada. Dejé todo para último momento y no había armado el bolso ni la habitación. Yo había previsto irme con el año lectivo en marcha y los proyectos funcionando, con cada una de las personas del equipo en sus tareas habituales y no cumpliendo funciones de emergencia en distintos lugares de la ciudad como en los últimos días. Había imaginado trabajar hasta la fecha de parto como en mi embarazo anterior y estar de vuelta a los dos meses. Eso había proyectado pero, en la realidad, el comienzo de clases estuvo atravesado por el coronavirus, con más incertidumbre que evidencias, con una sobreexposición a rumores, noticias alarmistas y un miedo creciente que se podía palpar en todos lados. A esto se sumaron las constantes idas y vueltas en las declaraciones públicas y las decisiones políticas del Gobierno nacional.

Entonces ahí estaba yo, volviendo a casa, con todas esas cosas en la cabeza y haciendo listas de lo que tenía para el parto: algo de ropa, unos pantaloncitos para recién nacido que compró mi hermana y resultaron enormes, unos pañales de cualquier tamaño que compró mi marido unos días antes y no mucho más. Me dije: no tengo la almohada para amamantar y la voy a necesitar, a mí me cuesta dar la teta. Me alejaba del ministerio hacia mi casa con sensaciones encontradas. Por un lado, la expectativa y alegría ante la llegada de un hijo que tanto habíamos buscado con Diego; por otro, cierto cargo de conciencia por dejar en un momento como ese mi puesto de gestión en el Gobierno de la Ciudad, con todas las responsabilidades que implica: 1241 escuelas públicas y 1494 de gestión privada, 110 mil trabajadores en funciones docentes y no docentes y más de 2500 personas en el ministerio de Educación. Me preguntaba una y otra vez: cómo me voy a ir justo cuando pasa esto.

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Introducción https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/introduccion/ Fri, 29 Apr 2022 21:04:00 +0000 https://eldiaqueiralaescuelafuenoticia.com/?p=9816

En la vida, no hay nada que temer, solo hay que comprender. Ahora es el momento de entender más, de modo que podamos temer menos

Marie Curie

Una vez alguien me dijo que las cosas más importantes en la vida pasaban todas al mismo tiempo.
A principios de 2020, cuando el Gobierno nacional decretó lo que sería una de las cuarentenas más largas del mundo, yo empezaba mi licencia por maternidad. Estaba embarazada de mi segundo hijo y había comenzado hacía tres meses mi segunda gestión como ministra de Educación de la Ciudad.
Si alguien en ese momento me decía que iba a pasar todo lo que vino después, no le hubiera creído.
Creo profundamente que entender nos salva del miedo y nos permite estar mejor preparados para cualquier desafío.
Hoy, dos años después de aquel primer momento, escribo esto para entender todo lo que pasó. Este libro es parte de un proceso de aprendizaje que todavía no termina y un recordatorio de que todas las determinaciones que tomemos de ahora en adelante tienen que estar atravesadas por esta experiencia.
A lo largo de este libro repaso todos los momentos desde el cierre de las escuelas en marzo de 2020 hasta lograr la presencialidad plena en agosto de 2021.
También aparecen las voces de docentes, familias y estudiantes que cuentan desde su perspectiva los desafíos y cómo vivieron ese tiempo inédito.

Pasaron tantas cosas que todavía me cuesta creer que fueron solo dos años. Todo empezó con la decisión del Gobierno nacional de implementar el aislamiento social preventivo y obligatorio a comienzos de marzo de 2020. De un día para el otro, la vida tal como la conocíamos se terminó. El trabajo, la escuela, los ratos de ocio, todo quedó confinado dentro de nuestras casas.
Hubo un momento en el que sentí como nunca antes esa dualidad entre lo que vivía como mamá dentro de casa y las decisiones que tenía que tomar afuera como ministra. Veía cómo mi hijo mayor se iba apagando de a poco, a medida que pasaban los días sin salir de casa, sin ver a los amigos, sin ir a la escuela. En ese momento, entendí que las medidas que estábamos tomando como Gobierno no eran suficientes.
Y con el paso de los meses nos dimos cuenta de que las primeras reacciones ante la emergencia tenían que dar paso a respuestas más integrales.
A mediados de 2020 hicimos una primera encuesta que marcó un punto de inflexión en nuestra mirada de la cuarentena: los resultados nos mostraron el daño profundo que estaba teniendo la falta de clases en los estudiantes. En sus aprendizajes, pero sobre todo en su bienestar emocional.
Había una pandemia que corría silenciosa para ellos, y los adultos no habíamos frenado a escuchar qué les pasaba.
Así, desde el Gobierno de la Ciudad empezamos a poner sobre la mesa un debate que tardó demasiado en materializarse: ¿Cómo hacemos para devolverles sus espacios de aprendizaje y socialización? La respuesta era cada vez más clara: había que volver a la escuela.
Con el paso del tiempo, las familias se empezaron a involucrar más y se animaron a presionar y exigirnos una solución urgente. Porque la escuela también es un ordenador social, y en ese momento algunas actividades ya comenzaban a tener aperturas pero nuestros hijos seguían sin poder salir de casa.
Desde el Estado teníamos la responsabilidad de aliviar la carga que estaban teniendo las familias, sobre todo las mujeres. Porque durante la cuarentena, cada diez personas que quedaban a cargo del cuidado de los chicos y del acompañamiento de las tareas escolares, nueve eran mujeres.
Por ellas, por nosotras, redoblamos los esfuerzos y nos pusimos como objetivo comenzar 2021 de forma anticipada y con la mayor presencialidad posible: todos los chicos, todos los días en la escuela.
Fue un proceso largo, donde se pusieron en juego dos miradas y dos formas de gestionar diferentes, con grandes desencuentros, mensajes sin responder y muchas idas y vueltas. Pero nuestro objetivo era muy claro, y después de mucho trabajo pudimos cumplirlo.
Los efectos de la pandemia aún no los conocemos en profundidad, pero sabemos que requieren soluciones pensadas a largo plazo y que puedan sostenerse en el tiempo.
Y que la clave para afrontar los desafíos que tenemos por delante en materia educativa es seguir manteniendo la alianza que logramos construir entre el Gobierno, las familias y las escuelas.


Hubo un tiempo hace no mucho en el que no podíamos salir a la calle. Que las puertas de los comercios estaban cerradas.
Que nos decían que había un virus que podía quedar en la ropa, en los zapatos, en los paquetes de yerba y contagiarnos.
Hubo un tiempo hace no mucho en el que todas las escuelas se cerraron y los estudiantes de todo el país se quedaron sin volver a sus aulas durante casi un año.

Dicen que lo que no se nombra no existe. Necesitamos como sociedad entender cuánto atravesamos y, sobre todo, dónde nos equivocamos para evitar repetir los errores. Recapitular todo lo que vivimos para que, de acá en adelante, nunca más volvamos a resignar las libertades y la educación por temor y por no entender.

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